Cuando estás dispuesto a escuchar, conversa contigo mismo y comunica para ti.

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¿En qué momento nuestra imaginación, nuestras creencias, nuestros discursos aprendidos y nuestras verdades nos cegaron, ensordecieron y distorsionaron tanto la manera en que percibimos las experiencias?

Caímos en algunas trampas como “ganarse la vida”, cuando la vida la tienes por derecho. O “usted no sabe quién soy yo”, cuando ni nosotros sabemos en realidad quiénes somos, pues nos ha dado miedo conocernos, amarnos y aceptarnos en nuestra totalidad. O “No me han tratado adecuadamente”, cuando ese adecuadamente significa un trato que alimenta el ego para reafirmar nuestra importancia dentro de un universo jerárquico, inventado de la nada para cubrir el temor a reconocernos tan humanos como los demás.

Vivir desde el ego nos ha llevado a creer -y más complejo aún- a estar convencidos que la vida es una lucha interna y externa. Que, para ganar alguien tiene que perder y obviamente no queremos ser nosotros los que perdamos. Que, venimos limitados o que los otros nos limitan y por ello debemos hacer lo necesario para sobrevivir en una experiencia que la mayoría del tiempo consideramos hostil, con ausencia de confianza, entrega y buenas intenciones.

Buscamos la trampa en todo lugar, la agresión donde no la hay, nos defendemos de todo y de nosotros mismos. Tenemos tanto miedo de vernos, que cuando un poco de nuestra propia luz nos permite ver, nos asustamos y preferimos seguir como estamos: culpando a las circunstancias, justificando nuestras propias acciones, cerrándonos a ver más allá de nuestra nariz y creando un ego que nos hace ciegos, sordos y susceptibles.

Nos hemos infectado con estos “virus” que habitan en aquellos que se consideran -consciente o inconscientemente- víctimas de las circunstancias, de otros y de la vida. Así, sin planearlo ni darnos cuenta, vivimos en una sociedad de interacciones desconectadas, menospreciativas, con una limitada capacidad para medir la causa y el efecto de sus acciones. Las manifestaciones de estos cuadros virales, son los que están bloqueando fundamentalmente el desarrollo y crecimiento del ser humano.

pero, aquí está el truco: el virus solo puede subsistir en ambientes adecuados para su propagación. Así que, si estás “infectado”, este es un llamado a transformar tu ambiente interno. Permítete modificar el tipo de química que tu mismo produces y que te acompaña. Esta mezcla de sustancias internas son las que nutren o no tus pensamientos, sentimientos y las que detonan tus acciones. Deja que esta química comunique cosas diferentes en ti para que así, tu realidad, las personas, las situaciones y las consecuencias también se comuniquen de una forma diferente. Comprender más allá de lo que estás acostumbrado a percibir, es la única manera de dar un giro a tu propia existencia.